Cómo encontrar esperanza entre tanta rabia

“No te le acerques a tu tío porque toma mucho” me advertía mi mamá los días en que me quedaría en casa de mi abuela. Los pocos recuerdos que tengo de su hermano son de su mirada triste y su recorrido errático hacia su cuarto cuando llegaba borracho. Él tampoco se me acercaba. Creo que mi tío no es un agresor, pero mi mamá lo trató como si lo fuera, por precaución.  

A una amiga la violó su hermano a los seis años. A otra, su primo. Tengo otra amiga que fue abusada por su abuelo, aunque solo tenía cinco años aún recuerda sus dedos rugosos por dentro de sus calzones. “No dejen sola a la niña…” pedía su abuela. Quién sabe cuántas de su familia fueron tocadas así por el mismo abuelo pedófilo. 

A nosotras las advertencias nos acompañan desde antes de que entendamos qué es “eso” de lo que tanto debemos cuidarnos. “No te le acerques”, “No andes de noche”, “No le aceptes nada a extraños”, “No uses la falda tan corta”. Nos repiten tantas veces lo que no debemos hacer, que la precaución se convierte en nuestro estado permanente. Este sistema no falla, si somos agredidas es nuestra culpa por bajar la guardia. 

En una de las tantas marchas que ha habido contra la violencia hacia las mujeres, una señora de 72 años dio su testimonio de cómo dos hombres entraron a su casa y la violaron. “Si me violaron a mí, que soy una abuelita, nos violaron a todas”, dijo en la explanada del zócalo, mientras todas las que estábamos allí la abrazábamos con nuestro llanto. 

Desde que nacemos hasta el último día de nuestra vida nos acecha la posibilidad de ser agredidas. El miedo permea nuestro andar por el mundo, como si ser mujer fuese una vulnerabilidad innata de la que es nuestra propia responsabilidad -y la de nuestras madres- protegernos, como si el rol de presas en esta cacería fuese una condición natural y no una imposición forjada en siglos de historia.

cómo le hacemos frente a la rabia

Del miedo a la rabia

Tenía doce años la primera vez que un imbécil me metió mano en la calle. Venía en patines desde la papelería cuando me tocó un pecho al pasar junto a él. Me tomó varios segundos comprender lo que acaba de pasar. “Viejo puerco”, le grité como única defensa. Entre más me acercaba a la puerta de mi casa, el desconcierto se convertía en vergüenza, quería llorar y contarle a mi mamá, pero tuve miedo de que si le decía ya no me dejara salir.

Durante días quise encontrar en el espejo la causa de esa agresión. Me miraba de arriba abajo sin comprender por qué alguien habría querido tocarme. Siendo una niña a la que el desarrollo le llegó por allí de los 25, ¿cómo es que mi cuerpo plano y seco habría podido despertar el deseo de alguien? Tras mucho escudriñarme sin encontrarme un atractivo, asumí que la única razón por la que ese hombre me tocó es porque podía. Porque entre él y yo había una diferencia de edad, de fuerza y de confianza. En otras palabras, él tenía más dominio y poder que yo en esa situación y se aprovechó de mi vulnerabilidad. 

A los dieciséis volvió a ocurrir. Caminaba por un parque hacia mi empleo de medio tiempo cuando sentí una nalgada. Un ciclista pasó zumbando a mi lado. Mi mente se bloqueó al recordar la vieja impotencia de mi primer abuso y mi cuerpo respondió por mí corriendo a toda velocidad. 

Aún puedo ver su expresión cuando volteó hacia atrás y me encontró a unos pasos suyos. Había desconcierto en sus ojos, quizá por un momento pens: “¿Qué quiere esta vieja loca?” A la fecha no sé qué habría hecho de no haberme caído antes de ponerle una mano encima. Terminé en el piso, sofocada, con una pierna y el vientre raspados, y la humillación inundándome los ojos. Dos señoras se acercaron a ayudarme. Una de ellas dijo “es que no deberían salir solas…”

Cuando le platiqué a mi familia lo sucedido, mi abuela y mis tías me contaron todas las veces en que vivieron situaciones similares en el mismo parque. Por su parte, mis papás se enojaron más conmigo, por haber reaccionado, que con mi agresor por haberme tocado: “¿En qué estabas pensando? ¿Qué querías hacer?”. Aún no lo sé, simplemente quería demostrarle que sus acciones tienen consecuencias, que el miedo no nos paraliza y que si me agreden, voy a responder. “¡Estás loca!”, sentenciaron mis papás. Uno de mis tíos bromeó con que yo quería alcanzarlo para darle mi número. Mi tío es un imbécil. 

Nuestro silencio es otra manera en que este sistema se protege a sí mismo. Porque las que estamos equivocadas siempre somos nosotras: primero, por no asumir que las agresiones son nuestra culpa y, segundo, por desafiar esa indignante normalidad en la que cualquiera puede violentarnos y luego seguir tranquilamente con su tarde, mientras una pasa semanas convencida de que su cuerpo y su vida no tienen valor.  Porque, desde esta lógica podrida, si en verdad hubiésemos sido tan heridas como afirmamos, seríamos buenas víctimas y sufriríamos tal como se nos ha inculcado que lo hagamos, desde el miedo y la vergüenza.

Sin embargo, que te priven de tu integridad, que te responsabilicen por estas condiciones en las que te obligan a vivir y, encima que seas tú la única que sufre consecuencias por ello,  enoja. Frustra. Ebulle y se desborda en un deseo de destruir esta realidad que ha permitido que seamos tratadas de esta forma. Y si unas agresiones tan cotidianas como las que yo viví pueden provocar esta frustración, ¿qué podría desatarse si unimos la rabia de cada mujer que ha sido reprimida, ridiculizada, acosada, tocada, violada, desaparecida, asesinada?

Es cierto, queremos quemarlo todo, no por venganza, sino por un desesperado deseo de volver a empezar.

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De la rabia a la esperanza

Estamos enojadas. ¿Cómo podríamos sentirnos si cada día conocemos decenas de casos de mujeres violentadas? Escuchamos las atrocidades a las que nos someten, leemos la historia de una más que pasó por aquello a lo que más le tememos; nos lo dice nuestra amiga, la que llegó tarde al trabajo porque trataron de secuestrarla afuera de su casa o la que salió temprano para ir a visitar a su amiga que está hospitalizada porque le rompieron la nariz en un intento de violación. 

Si tanto en la calle como en nuestras casas estamos en riesgo, si nuestros amigos, familiares y la persona que dice amarnos pueden ser nuestros principales agresores, si los policías violan, si los médicos violan y los hombres “decentes” nos tildan de exageradas y menosprecian nuestro enojo… ¿Dónde y con quién estamos seguras? ¿Quién nos puede dar el cuidado y la contención de la que se nos ha privado en tantos otros espacios? Quién, si no nosotras, que sabemos, desde la piel, cómo es vivir en un mundo que nos desprecia. 

Porque así como yo he escuchado las historias de abusos de mi mamá, de mi hermana, de mis tías, abuelas, primas, amigas; ellas han oído las mías y las de tantas y tantas mujeres. Porque un buen día todas contamos la nuestra y sentimos como propios el miedo, la rabia y la tristeza de las otras. Porque cuando reconocimos lo que hemos vivido, nos unimos en la seguridad de que entre nosotras nos creemos, nos cuidamos y estamos dispuestas a defendernos unas a otras. 

Una vez que reconoces todo lo que ya no estás dispuesta a soportar, es inevitable cuestionarte cuánto has soportado hasta ahora. Y entonces, la rabia ya no es solo el impulso para querer destruirlo todo, sino el catalizador para construir algo diferente, otra ética personal y colectiva que desafíe, profane y haga estallar el lugar que se nos asignó en el mundo. 

En esta invención de escenarios donde nuestra cotidianidad no esté permeada por la precaución y el miedo, estamos tomando las calles en día de marcha, los eventos separatistas y los vagones exclusivos donde cada día son más incómodos los hombres que no pueden seguir la más simple de las instrucciones: “Por favor, no estés aquí.”  Estamos ocupando lugares en cada espectro de la sociedad donde habíamos sido relegadas. Y estamos reclamando como propio el más íntimo de los espacios, el que inicia en la piel y llega hasta donde nosotras decidamos.

Texto: Abril Romero


Ante una realidad que nos violenta y excluye, es casi inevitable que sientas rabia, tristeza o desesperanza. Pero no estás sola, muchas pasamos por lo mismo y estamos a dispuesta a prestarte una mano y un oído. Si necesitas hablar, cuenta con nosotras.

Publicado por abrilderomero

Blog Bender / Tía millennial

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