Amor a tiempo: lo que mi mejor amigo me enseñó del amor y las despedidas

El perrito taciturno había venido a mí en busca de amor, de preferencia a primera vista. Le hice las preguntas habituales; ¿de dónde vienes? ¿por qué no tienes familia? ¿qué te trajo a mi? Le pedí que me hablara de sus experiencias pasadas; qué había funcionado y qué no en aquellas ocasiones. A lo mucho, descubrí que tenía terror a la escobas, que me observaba muy atento y que, por más que me esforzara, siempre lograba escabullirse al patio de mi casa y se instalaba en él como si ya fuera suyo.

Después, de cierta labor de convencimiento hacia mi familia, aquel perrito negro, pequeño, sin raza más que magia y amor se instaló en mi hogar. Pasaron los días. Comencé a conocerlo más y más. Le pregunté cómo manejaba la soledad o cómo se sentía cuando me iba de casa, respondía con la alegría de vivir de un cachorrito que adoraba mordisquear las manos mientras lo acariciaba.

“Por una vez, pórtate bien”, le suplicaba a Lucky en cada ocasión que salíamos de viaje o se quedaba solo en casa.

Se quedaba inmóvil cada vez que le ponía el arnés para atarlo porque siempre destrozaba todo lo que encontraba a su paso, se lanzaba de la azotea, perseguía gatos e, incluso, confrontaba a otros perros con tanta valía que parecía que no veía que eran más grandes y fuertes que él.

-Es un mañoso- decía mi papá. Aunque en el fondo lo decía porque sabía que Lu era especial.

Para mi gran sorpresa, después de dos años se había convertido en mi amigo, confidente, compañero de aventuras y protector. Aunque siempre reaccioné a un sinfonía de ladridos de los otros tres perritos que vivían conmigo, Lucas ocupó un lugar más importante, no era un perro de compañía; era una alma que se conectaba con la mía.

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Con el paso del tiempo a través de Lucas no solo aprendí cómo emparejar mis emociones con los animales, también recibí una clase maestra sobre la capacidad del corazón humano, una lección que yo necesitaba encarecidamente y que día a día, Lucky me enseñó en cada paseo, en cada regaño, en cada berrinche, en cada travesura, en cada tarde de sol que se echaba a mi lado mientras yo me recuperaba de alguna tristeza o enfermedad. 

Todo el mundo sabe que los perros pueden ser una fuente inagotable de amor absoluto. Los humanos, por el contrario, siempre me han parecido que toman más de lo que dan, amantes volubles que son reservados con sus afectos y corazones. Sin embargo, al ver a la gente decía que Lucas era maravilloso a pesar de que no era muy agraciado, noté que mi propia especie anhela y tal vez incluso necesita entregar amor a manos llenas, algo que rara vez hacemos con otros humanos, incluso si son nuestras parejas.

Un perro puede comerse tus sábanas favoritas pero nunca se acercará con recelo, ni dirá “Tenemos que hablar”. Con ellos podemos ser tal como somos pues se convierten en un refugio de lo que exige la sociedad o del deber ser.

Cada ocasión que vi a las personas sentir un flechazo de empatía con Lu, comencé a reforzar mi hipótesis de lo mucho que los humanos ansían entregarse al amor sin miedo.

Quería ayudar a la gente a hacer lo que era tan evidente para mí: entregar su corazón. Siempre había pensado que el amor era una respuesta, pero Lucas Adolfo me demostró que es un sentimiento innato, algo con lo que nacemos y que necesitamos expresar.

Muchos de nosotros tenemos mucho amor en nuestro interior y no sabemos qué hacer con él, así que lo reprimimos. Y es justo ahí donde tienen cabida los perros como Lu. Con ellos, podemos dejarlo fluir con libertad sin temer a que nos juzguen o nos rechacen. Son como válvulas de escape.

Ciertamente, eso era Lucky para mí.

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El día de su accidente, mi corazón se paralizó, falleció en vísperas de la muerte de mi madre. Había caído a un agujero que lo condujo a un carril de alta velocidad de una de las avenidas más transitadas de la ciudad. Recibió un golpe seco, murió en el instante.

No tardé mucho en descubrir que se había sacrificado para convertirse en el catalizador de todo el dolor que sentía de ver padecer a mi madre, de todo lo que no podía decir porque quería ser fuerte, porque actuaba como tenía que hacer un adulto sin reparar en mis sentimientos.

Al llegar el momento en el que mi mamá dejó de respirar, tomé su muerte como a una vieja conocida, sin tanto llanto, ni dolor porque Lucas fue ese amor que llegó y se fue a tiempo, que me dio y devolvió lo que siempre me he esforzado por defender y crear a mi alrededor; ese sentimiento de vida con el que nacemos y por el único que vale la pena luchar.

Fotografías y testimonio: Elvira Salinas


Despedirte de un ser querido puede ser una situación profundamente dolorosa, pero no tienes por qué afrontarla solx. Si necesitas hablar, cuenta con nosotras.

Publicado por Hablar Sana

Acompañamiento emocional y espacio terapéutico en CDMX

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